11 Enero 2009
Entonces era muda mientras tú derramabas palabras sobre mi piel de hielo.
Entonces no había forma de que tu calor me deshelara el alma.
Y ahora mírame, hablando sin parar, llenando el tiempo
de pequeñas frases tontas que lo hacen habitable
mientras espero.
Me siento blanca como blanca es mi piel, sin arañazos
encerrada en una urna, sin vida ni aventura.
Tanto me quejaba y tanto quise
que el silencio se llevara tus poemas vacilantes.
Y ahora
tú eres poeta y yo
yo no soy nada.
Soy sólo el libro en blanco de un poeta del silencio
y me pregunto en qué momento
fallaron mis deseos.
Tengo un nudo en mitad de la garganta
pero no derecho para hablar de lo que añoro.
Que me hable, por Dios. Y que me bese.
Y que manche mi piel y mi memoria
con garabatos, notas y claves musicales.
Que me impida pensar mientras me agoto
mientras fluyo en su vida y en el mundo
y me hago mar, canción, pasión prohibida...
Mientras me lleno de mensaje y de memoria.
servido por istra
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3 Noviembre 2008
Bueno, pues me voy a la India. Volaré para allá el día 11 y me quedaré quince días, hasta el 26. Sí, señoras y señores. Es oficial. Me voy a conocer a su familia, su calle, su casa, su oficina, el sitio donde le gusta desayunar huevos fritos por los dos lados (misterio misterioso, ¿cómo será eso?) y un largo etcétera. Hasta a su jefe, parece que conoceré.
Ahora le tengo de exámenes, hecho un pequeño flan, el pobre. Ay, mi chico. Qué majito que es. Y qué cosas hay que hacer para conservarlo a mi lado.
Lo malo no fue tener que hacer cola desde las 5.30 a la puerta de una embajada que abría a las 9. Lo malo no fue que me pusieran tres vacunas en el mismo día y que aún me duren las pesadilas (me violan, me persiguen, se muere gente que quiero, secuestran a mi hermano pequeño, mis vecinos se mudan sin decírnoslo...). Lo malo no es no saber qué me pongo. Lo malo es que ME TENGO QUE HACER LA CERA EN NOVIEMBRE. Lo malo es que ME HA DICHO QUE META EL BAÑADOR EN LA MALETA. Lo malo es que TENGO ESTRÍAS Y HE ENGORDADO.
Y, sobre todo, lo malo es que tengo que hacer trasbordo en París y los franceses son unos bordes y no hablan ningún idioma conocido, ni siquiera el suyo.
servido por istra
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23 Octubre 2008
Ya no cabe ni un papel. Así que he decidido ponerme manos a la obra. Hay que tirar cosas. He vaciado mi armario y he ido metiendo dentro sólo ropa que me pongo, recién limpia y planchada. Voy avanzando cajón a cajón con el mismo propósito. Y hoy me toca hincarle el diente a los papeles.
Tengo hasta exámenes de cuando estaba en cuarto de EGB, piezas rotas de juegos olvidados, frascos de colonia que huelen raro... Y no me decido a tirarlo todo. Pero tendré que hacerlo para empezar de nuevo, una existencia en la que quepan otras cosas. Bolsas y bolsas de fotos misteriosas, de momentos que ni siquiera recuerdo. Apuntes, cuentos a medio terminar, diarios, agendas, listines de teléfono, muñecas... No se puede levantar el vuelo con tanto lastre en las alas. Pero precisamente el miedo a dar bandazos es lo que me mantiene atada a esas pequeñas cosas a las que nunca pensé que tendría que renunciar.
Para emprender un viaje, adaptarme a otra cultura, cocinar otras recetas y llevar ropas de colores diferentes tengo que olvidar gran parte de este peso muerto de papeles y de cartas. Mi corazón tiene que ser el único baúl que pese más que el aire.
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20 Octubre 2008
Pues sí, señores y señoras. Un día a mi menda se le hinchan las narices. Porque ya está bien. Esto de convivir con personajes sacados de un santoral le amarga la vida a cualquiera. Y vengo de una casa donde santos, menos yo, son casi todos.
Y una, pues claro, como no sabe apreciar la finura ni las filigranas (una es más de chorizo de Cantimpalo que de tocino de cielo, qué le vamos a hacer), pues ante la santidad, el victimismo y sobre todo los repelentes niños Vicente pues lo que tiene gana es de echar la cena, no de emular los serafínicos ejemplos que el todopoderoso ha puesto a su alcance para que se reforme y abrace la vía de la salvación eterna y de la metamorfosis en el espíritu de la golosina.
Señores y señoras, soy torpe, tengo el culo gordo, de vez en cuando me salen granos, según algunos soy una desequilibrada, una adolescente tardía, demasiado apasionada, demasiado egoísta, demasiado generosa, demasiado tal, Pascual, tres por ocho veinticuatro, que llueva, que llueva la virgen de la cueva, hacia Belén va una burra, ole, ole, chimpún.
Estoy hasta los huevos de la santidad, las sonrisitas ejemplares, las relaciones puras y castas y la madre que los parió. Estoy orgullosa de ser el cubo donde se junta toda la mierda: los genes trastocados, las partes del cuerpo exageradas, los placeres prohibidos, los deseos no confesados y la admiración sin límites por los antihéroes. Soy miembro honorífico, subterráneo y orgulloso de la casta de las ovejas negras, de las almas descarriadas y de los que aman la vida, de los que piensan que para merecer algo bueno después tienes que haber vivido aquí en carne viva, dejándote empapar por este mundo cruel y espléndido.
Estoy hasta los cojones de los fariseos, de los hipócritas, de los fríos y de los calculadores. Por mí, les pueden dar a todos por el culo.
Y se ha terminao.
servido por istra
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6 Octubre 2008

Inconscientemente he empezado a separar mis libros en dos bloques: los que viajarán conmigo y los que no. Y es que ya me imagino mi vida metida en una maleta.
Hace un par de días, mi padre llegó a casa con unas copas de vino, de ésas grandes y panzudas que se sostienen milagrosamente sobre una columna finísima (hm, esta descripción calzaría muy bien a Pamela Anderson...) y se las dio a mi hermana, que anda recolectando como una hormiguita los cupones de los periódicos para que le regalen las cosas más inverosímiles. Luego, mirándome, dijo: "A ti no te he traído porque seguro que se romperían en el viaje".
En el viaje. De pronto me di cuenta de que todos los que me han visto hablar de Depita hablan de boda. Me he dado cuenta de que miro mis esquinas preferidas de Madrid con ojos de nostalgia, que mi cámara de fotos viaja siempre en mi bolso desde hace varios meses, de que cuando voy a mirar ropa siempre pienso si me servirá para tal o cual país.
Y no es que me vaya a casar, sino que me he convertido en un ave migratoria, porque sea con Depita o sin él yo me marcharé, he levado anclas y ahora puedo hacer lo que se me ocurra sin pensármelo dos veces, puedo tener la vida loca y nómada que siempre me atrajo tanto.
Pero siempre querré volver a casa, y aquí es donde entran los libros.
Malena es un nombre de tango quizá no sea un buen libro. Es el tipo de novela que Álvaro despedazaría con cinco o seis frases lapidarias. Pero a mí me hace sentirme como en casa. A mí, que pertenezco a la vena maldita de la que goza toda gran familia, esa novela me hace sentir justificada. Porque no soy una sílfide ni me ajusto a los cánones, porque disfruto de la visa con pasión y en carne viva, hasta el agotamiento, hasta el suicidio, hasta el éxtasis... Porque sé que soy mi espíritu pero también soy mi cuerpo y dejo que ambos luchen y se despedacen, porque sé poner un nombre a cada sensación, porque cultivo mis sentidos meticulosamente, porque elijo la comida por su sabor, su forma y su color para comer no sólo con el gusto, porque no pienso en el amor cuando me besan, en el futuro o en el bien o en el mal, sino en el hormigueo que me recorre de la punta de los pelos a las uñas de los pies, en los calambres que recorren mi estómago, fríos y ácidos, antes de entrar en calor. Sé exactamente dónde me gusta que me acaricien, dónde me gusta que me besen, dónde deseo sentir el roce áspero de otra mejilla, en qué momentos me quedo sin palabras.
Malena es un nombre de tango es un libro peculiar. Lo descubrí por una apuesta. En la Facultad había un grupo de gente que solía reírse de mí porque yo era lo que ellos denominaban "una burguesita puritana". Y yo me lo creí, y me dediqué a conciencia a demostrarles lo contrario tanto a ellos como a mí misma, porque aunque mucha gente me haya despreciado a lo largo de estos veintiséis años que llevo dando vueltas por el mundo, nunca nadie ha sido capaz de escupirme a la cara con tanto odio, asco y aburrimiento como la propia Istra. Así que cuando me hablaron de Las edades de Lulú, me dejé atrapar en una apuesta. No recuerdo qué nos jugamos. Pero el caso es que apostaron a que yo no sería capaz siquiera de pedirlo en la biblioteca.
Y casi fue verdad. Fui primero al estante donde estaba Almudena Grandes y vi que aquel libro no estaba. Pero estaba Malena. Y me lo llevé. Y ese libro me cambió la vida, me la ha seguido cambiando a lo largo de los años y de los cientos de veces que he vuelto a él. Malena me enseñó que existe la casta de quienes nunca alcanzarán el Paraíso, para los que la moral se reduce a no renunciar nunca a su propio ser, a su propia esencia, a no ajustarse a moldes que han definido los demás. Malena me enseñó a desconfiar de los hombres sensibles y educados. Malena vivía en mí cuando me convertí en un animal salvaje y ávido la noche de la boda cuando conocí a Depita.
No te acuestes con él, Malena, porque se estremece de asco ante las mollejas sin comprender que así está hecho él por dentro, la voz se agigantaba, retumbaba entre mis sienes, gritaba, pero yo no la quería escuchar y no escuchaba, ella lo repetía una vez y otra, no lo hagas, Malena, porque él no quiere reconocer que es un animal, y por eso nunca será capaz de portarse como un hombre, no funcionará, ya lo verás, tú también le darás asco, tus vísceras blandas y rosadas le dan asco ya, se retorcería de asco si se parase a pensarlo...
Quizá por encararme con mi madre, a la que nunca he comprendido, o por alinearme en el bando de los desheredados, que siempre me ha llamado más que el de los mojigatos, los arraigados y los previsibles, mi modelo fue siempre mi tía, una mujer como no he encontrado dos, una Malena que aguandó a pie quieto con una hija y sola, muy sola, que buscó por todas partes su verdad y su sitio en el mundo desollándose las manos al escarbar buscando las razones y las leyes que valían para ella. Una mujer que tuvo que crear sus propias leyes y que ha encontrado su lugar precisamente en un trapecio que cuelga del vacío. Una mujer que vive en una casa donde las cortinas son alfombras o mantas, decorada con recuerdos de lugares remotos, donde el desorden no llega a convertirse en caos pero tampoco se convierte en el orden de lo no vivido.
Cuando acabé de leer Malena, me pareció que me entendía un poco más, que entendía a mi tía un poco más, y que por mucho que las clasificaciones asépticas y rutinarias nos forzaran a seguir un camino y no el otro en vez de ambos a la vez, mi caso, el suyo, el de Malena, era más frecuente de lo que nadie se atrevía a reconocer.
Cuando, hace una semana, encontré mi ejemplar de la novela en las estanterías de Trinity, que ni siquiera lo había abierto, el fogonazo fue instantáneo. Mi vieja amiga ha vuelto a mí. No volveré a prestar esa novela. Y si alguna vez emprendo el viaje ése en que mi padre cree que se romprerían las finas copas de vino, Malena viajará conmigo en mi maleta. Para que nunca olvide lo que soy.
Para que jamás caiga en la tentación de juntarme con un tío que no sepa ser un HOMBRE. Y para que jamás vuelva a convertir a fuerza de cuidados a un hombre hecho y derecho en un pelele.
Unirse a la naturaleza instintiva no significa deshacerse, cambiarlo todo de derecha a izquierda, del blanco al negro, trasladarse del este al oeste, comportarse como una loca sin control.
No significa perder las relaciones propias de una vida en sociedad o convertirse en un ser menos humano. Significa justo lo contrario, ya que la naturaleza salvaje posee una enorme integridad.
Significa establecer un territorio, encontrar la propia manada, estar en el propio cuerpo con certeza y orgullo, cualesquiera que sean los dones y las limitaciones físicas, hablar y actuar en nombre propio, ser conciente y estar en guardia, echar mano a las innatas facultades femeninas de la intuición y la percepción, recuperar los propios ciclos, descubrir que lugar le corresponde a una, levantarse con dignidad y conservar la mayor conciencia posible.
servido por istra
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17 Septiembre 2008

Por favor, hoy necesito tus abrazos. Estoy cansada de añorarte y de poner al mal tiempo buena cara. Estoy harta de fingir que no me importa, que incluso lo prefiero, que la independencia es una maravilla, que así puedo salir más con mis amigas.
No salgo más, estoy sola y te echo muchísimo de menos. No llamo a nadie, me dedico a recordar cada segundo que pasamos juntos, a imaginar cómo será la próxima vez, a abrazarme cerrando los ojos para imaginarme que lo haces tú, a poner la almohada estirada a mi lado en la cama, pegada a mi espalda para sentir algo que se parezca a la compañía.
Nadie me dijo que fuera a ser fácil. No me quejo. Pero algunas veces simplemente no tengo ganas de sacar una sonrisa de la nada y decir que estoy bien. Te echo de menos. Quiero poder mimarte cuando llegas tarde a casa del trabajo y estás tan cansado y harto que lo único que quieres es que alguien te acaricie las mejillas y te prepare la cena. Quiero poder cuidarte cuando te sientes enfermo y tienes sed pero no quieres levantarte a por un vaso de agua. Quiero que cuando no puedas dormir yo pueda estar al lado y darte un masaje relajante con aceite de lavanda. Quiero mirar tu cara en paz cuando por fin te duermas, abrirte las cortinas por la mañana y ver cómo el sol te despierta con su caricia tibia. Quiero salir contigo a pasear, hacer planes divertidos y ver a los amigos, pero hoy no. Hoy quiero prepararte una cena con velitas y ponerme el vestido tornasolado de a boda. Hoy quiero que me mires como me miraste entonces cuando pediste un baile más y luego otro... Quiero bailar contigo en el salón para escuchar cómo mi cuerpo canta de alegría, quiero que llueva a mares y correr contigo por los charcos, quiero notar la prisa de mis manos y la sed de mis labios.
Quiero llorar de miedo acurrucada entre tus brazos y escuchar tu voz dulce en mi oído llamándome nombres pequeños y tiernos. Quiero que me acaricies y me mimes. Quiero que me sonrías. Quiero que me hagas beber agua, que me hagas comer nísperos que has pelado con tus manos, quiero que me pidas que me quede junto a ti, quiero que eches de menos que te despierte con un beso... Quiero que me mires maquillarme, que opines sobre mi ropa, que te vuelvas de repente para darme un beso, que me expliques cosas nuevas, que hagas planes... Quiero poder esconder mi cara en el hueco de tu hombro y contarte que estoy triste, que quiero verte ya, que hoy cada uno de los metros que hay entre tú y yo es un alfiler en mi costado, que mi cama jamás me ha parecido tan grande y tan vacía...
Quiero contarte esto al oído en vez de con las teclas de un ordenador. Quiero no tener que sentirlo. Quiero que estés aquí.
Pero sobre todo quiero que me abraces.
Por favor...
servido por istra
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16 Septiembre 2008
Quizá porque siempre te he tenido ahí, desde que éramos pequeños, nunca he sentido la necesidad de decirte grandes cosas. Vivimos en la misma calle, compramos en los mismos sitios y comemos juntos el roscón de Reyes. Eres como mi hermano pero nunca has sido mi hermano. Y ahora te vas y no sé si tengo siquiera el derecho de llamarte amigo.
Así que escojo a Istra, ya que yo no he podido decirte hoy las cosas que tenía en la punta de la lengua por miedo a romper a llorar, para contarte lo que nunca te cuento. Por lo menos una vez y aunque quizá no lo leas nunca, quiero que quede en algún sitio constancia de lo afortunada que me siento por tenerte.
Quizá me lo esté tomando todo de manera dramática. Tres meses no son mucho tiempo. Irlanda, sobre todo para alguien como yo, está a la vuelta de la esquina. Pero tú no. Si la amistad fuera un edificio, yo a ti te habría colocado en los cimientos, en esa parte enterrada, silenciosa y profunda que lo sostiene todo. Y yo... Yo quizá fuera la aguja de la veleta o el balancín del porche. Algo que se mueve, que no tiene consistencia, que adorna o que entretiene, algo sin rumbo.
Cuando más perdida estaba tú fuiste sin saberlo el punto de luz en el horizonte que me decía que el sol volvería a salir, que habría un mañana si me decidía a abrir los ojos a la noche y descubrir que estaba a oscuras. Sin hacer nada, sin haberme dicho nada, sin vernos, yo sabía que tú estabas ahí al final de todo.
Tú... Los cafés y los helados que se convierten en horas y horas de conversación, la presencia quieta, observadora y paciente que espera al momento justo para decir la frase perfecta. El enamorado de los campos y el explorador infatigable de senderos. El que lo entiende todo. El que lo arregla todo. El que siempre está.
Y ahora te vas. Cuando me lo dijeron no podía creer que no me lo hubieras contado tú. Te marchabas en tres días. Y yo no sabía nada. En ese momento me di cuenta de dos cosas: de lo importante que eres para mí y de que probablemente yo no sea lo mismo para ti. Y me di cuenta además de muchas otras cosas. Como que nunca te había dicho lo mucho que te quiero y lo mucho que me importas. Como que nunca nos decimos esas cosas.
Como que, como nunca me has dejado, nunca te había abrazado antes de hoy.
servido por istra
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2 Septiembre 2008

Te das cuenta de si tienes compañía cuando llega una tarde de lluvia y te apetece jugar a algo. Te vuelves una niña mimosa que busca a sus hermanos para saltar a la comba, jugar a las cartas o echar una partida de parchís.
Te haces mayor y en vez de tus hermanos está él. Y en una tarde de lluvia o de muchísimo calor le buscas por la casa para jugar a algo. Juntos.
Pero qué pasa si no te encuentro por la casa y lo que quiero es jugar a hacer figuritas con un cordel.
¿Te tengo o no te tengo?
Me ha dado frío y me he echado a dormir.
Qué más me queda.
servido por istra
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