
Inconscientemente he empezado a separar mis libros en dos bloques: los que viajarán conmigo y los que no. Y es que ya me imagino mi vida metida en una maleta.
Hace un par de días, mi padre llegó a casa con unas copas de vino, de ésas grandes y panzudas que se sostienen milagrosamente sobre una columna finísima (hm, esta descripción calzaría muy bien a Pamela Anderson...) y se las dio a mi hermana, que anda recolectando como una hormiguita los cupones de los periódicos para que le regalen las cosas más inverosímiles. Luego, mirándome, dijo: "A ti no te he traído porque seguro que se romperían en el viaje".
En el viaje. De pronto me di cuenta de que todos los que me han visto hablar de Depita hablan de boda. Me he dado cuenta de que miro mis esquinas preferidas de Madrid con ojos de nostalgia, que mi cámara de fotos viaja siempre en mi bolso desde hace varios meses, de que cuando voy a mirar ropa siempre pienso si me servirá para tal o cual país.
Y no es que me vaya a casar, sino que me he convertido en un ave migratoria, porque sea con Depita o sin él yo me marcharé, he levado anclas y ahora puedo hacer lo que se me ocurra sin pensármelo dos veces, puedo tener la vida loca y nómada que siempre me atrajo tanto.
Pero siempre querré volver a casa, y aquí es donde entran los libros.
Malena es un nombre de tango quizá no sea un buen libro. Es el tipo de novela que Álvaro despedazaría con cinco o seis frases lapidarias. Pero a mí me hace sentirme como en casa. A mí, que pertenezco a la vena maldita de la que goza toda gran familia, esa novela me hace sentir justificada. Porque no soy una sílfide ni me ajusto a los cánones, porque disfruto de la visa con pasión y en carne viva, hasta el agotamiento, hasta el suicidio, hasta el éxtasis... Porque sé que soy mi espíritu pero también soy mi cuerpo y dejo que ambos luchen y se despedacen, porque sé poner un nombre a cada sensación, porque cultivo mis sentidos meticulosamente, porque elijo la comida por su sabor, su forma y su color para comer no sólo con el gusto, porque no pienso en el amor cuando me besan, en el futuro o en el bien o en el mal, sino en el hormigueo que me recorre de la punta de los pelos a las uñas de los pies, en los calambres que recorren mi estómago, fríos y ácidos, antes de entrar en calor. Sé exactamente dónde me gusta que me acaricien, dónde me gusta que me besen, dónde deseo sentir el roce áspero de otra mejilla, en qué momentos me quedo sin palabras.
Malena es un nombre de tango es un libro peculiar. Lo descubrí por una apuesta. En la Facultad había un grupo de gente que solía reírse de mí porque yo era lo que ellos denominaban "una burguesita puritana". Y yo me lo creí, y me dediqué a conciencia a demostrarles lo contrario tanto a ellos como a mí misma, porque aunque mucha gente me haya despreciado a lo largo de estos veintiséis años que llevo dando vueltas por el mundo, nunca nadie ha sido capaz de escupirme a la cara con tanto odio, asco y aburrimiento como la propia Istra. Así que cuando me hablaron de Las edades de Lulú, me dejé atrapar en una apuesta. No recuerdo qué nos jugamos. Pero el caso es que apostaron a que yo no sería capaz siquiera de pedirlo en la biblioteca.
Y casi fue verdad. Fui primero al estante donde estaba Almudena Grandes y vi que aquel libro no estaba. Pero estaba Malena. Y me lo llevé. Y ese libro me cambió la vida, me la ha seguido cambiando a lo largo de los años y de los cientos de veces que he vuelto a él. Malena me enseñó que existe la casta de quienes nunca alcanzarán el Paraíso, para los que la moral se reduce a no renunciar nunca a su propio ser, a su propia esencia, a no ajustarse a moldes que han definido los demás. Malena me enseñó a desconfiar de los hombres sensibles y educados. Malena vivía en mí cuando me convertí en un animal salvaje y ávido la noche de la boda cuando conocí a Depita.
No te acuestes con él, Malena, porque se estremece de asco ante las mollejas sin comprender que así está hecho él por dentro, la voz se agigantaba, retumbaba entre mis sienes, gritaba, pero yo no la quería escuchar y no escuchaba, ella lo repetía una vez y otra, no lo hagas, Malena, porque él no quiere reconocer que es un animal, y por eso nunca será capaz de portarse como un hombre, no funcionará, ya lo verás, tú también le darás asco, tus vísceras blandas y rosadas le dan asco ya, se retorcería de asco si se parase a pensarlo...
Quizá por encararme con mi madre, a la que nunca he comprendido, o por alinearme en el bando de los desheredados, que siempre me ha llamado más que el de los mojigatos, los arraigados y los previsibles, mi modelo fue siempre mi tía, una mujer como no he encontrado dos, una Malena que aguandó a pie quieto con una hija y sola, muy sola, que buscó por todas partes su verdad y su sitio en el mundo desollándose las manos al escarbar buscando las razones y las leyes que valían para ella. Una mujer que tuvo que crear sus propias leyes y que ha encontrado su lugar precisamente en un trapecio que cuelga del vacío. Una mujer que vive en una casa donde las cortinas son alfombras o mantas, decorada con recuerdos de lugares remotos, donde el desorden no llega a convertirse en caos pero tampoco se convierte en el orden de lo no vivido.
Cuando acabé de leer Malena, me pareció que me entendía un poco más, que entendía a mi tía un poco más, y que por mucho que las clasificaciones asépticas y rutinarias nos forzaran a seguir un camino y no el otro en vez de ambos a la vez, mi caso, el suyo, el de Malena, era más frecuente de lo que nadie se atrevía a reconocer.
Cuando, hace una semana, encontré mi ejemplar de la novela en las estanterías de Trinity, que ni siquiera lo había abierto, el fogonazo fue instantáneo. Mi vieja amiga ha vuelto a mí. No volveré a prestar esa novela. Y si alguna vez emprendo el viaje ése en que mi padre cree que se romprerían las finas copas de vino, Malena viajará conmigo en mi maleta. Para que nunca olvide lo que soy.
Para que jamás caiga en la tentación de juntarme con un tío que no sepa ser un HOMBRE. Y para que jamás vuelva a convertir a fuerza de cuidados a un hombre hecho y derecho en un pelele.
Unirse a la naturaleza instintiva no significa deshacerse, cambiarlo todo de derecha a izquierda, del blanco al negro, trasladarse del este al oeste, comportarse como una loca sin control.
No significa perder las relaciones propias de una vida en sociedad o convertirse en un ser menos humano. Significa justo lo contrario, ya que la naturaleza salvaje posee una enorme integridad.
Significa establecer un territorio, encontrar la propia manada, estar en el propio cuerpo con certeza y orgullo, cualesquiera que sean los dones y las limitaciones físicas, hablar y actuar en nombre propio, ser conciente y estar en guardia, echar mano a las innatas facultades femeninas de la intuición y la percepción, recuperar los propios ciclos, descubrir que lugar le corresponde a una, levantarse con dignidad y conservar la mayor conciencia posible.