He descubierto hace poco que me encantan las descripciones. De todo tipo. Cuando copio frases en mis cuadernos, suelen estar tomadas de esos largos párrafos que de pequeña te saltas porque lo que te importa es la acción y no su circunstancia. Pero, como decían que decía Ortega y Gasset, "yo soy yo y mis circunstancias". Y a veces en un libro es mucho más la circunstancia que el argumento en sí.
Podría poner miles de ejemplos. Por tomar uno reciente, el otro día, leyendo un libro para niños bastante tonto, encontré frases como las siguientes:
El alisio llenó la casa con los olores del pinar. Este viento nunca viaja solo; le acompañan casi siempre las nubes lloronas que descargan el llanto contenido durante meses. Es el primer aviso de que el otoño está próximo.
O esta:
El verano se despedía sin aspavientos sobre las copas de los almendros
Quizá no sean frases espectaculares, quizá no le gusten a nadie más que a mí, pero son las que me dan idea de la verdadera medida de esa obra. Las que me dicen qué habría pasado si ese escritor (o escritora) se hubiera dedicado a escribir otro tipo de literatura y no hubiera intentado encorsetarla en una historia para niños anodina y ramplona. No sé por qué escriben Literatura Infantil quienes no han nacido para ello. A nadie en su sano juicio se le ocurriría ser poeta si no sabe rimar.
Las descripciones son las que sustentan, en mi opinión, la atmósfera del libro. Las que te dejan entrar en él, sacándote de tu mundo, o te recuerdan "bah, al fin y al cabo esto es sólo una historia".
En un libro de Literatura Juvenil, Corazón de tinta, hay un escritor que consigue meter y sacar a los personajes de su libro e incluso hacer crossovers con otras historias. Todo es posible para él. En cambio, otros lo intentan y sacan a los personajes mudos, o conjos, o con cualquier tipo de deformidad. Porque no son capaces de creérselo. Y la Literatura, si algo es, es una cuestión de fe, de pacto entre el autor y el lector, entre la tinta vertida sobre el fondo claro y los ojos que la siguen y la siguen, interminablemente, quizá a lo largo de kilómetros.
Ya os conté en su día cómo entré yo en el Jardín Secreto de la mano de Mary. Era imposible no hacerlo una vez y otra, debajo de las sábanas y a la luz de un despertador digital. En aquellos viajes hacia los páramos de Misselthwaite perdí parte de mi vista, pero desarrollé la otra, la que ninguna operación o lente puede devolverte: la fascinación y la fe en las frases mentirosas, tramposas y crueles de los libros. A veces, cuando una descripción era especialmente vívida, tenía que leerla con los labios, en susurros, como un conjuro que me permitiera entrar en ese mundo.
Dice mi gran gurú Álvaro Naira que si quieres algo y no lo tienes, lo que hay que hacer es escribirlo, fabricarlo con palabras.
Pero eso es un conjuro de ilusión que a la primera mirada escéptica se rompe en mil pedazos y te deja desnuda en medio de la calle, con tu carroza convertida en calabaza y seis ratones huyendo hacia los campos en el medio de la noche.
La fe en la Literatura, como cualquier otra en el mundo, tiene una historia sembrada de mártires, renegados y conversos. Y al igual que una buena descripción puede abrirte la puerta que te cambie la vida, una mala puede echarte para siempre de ese mundo secreto, exclusivo y errante. Y encontrar otra vez la entrada será producto de la casualidad o del tesón de alguien que esté aún dentro tendiéndote la mano.
servido por istra
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Hoy, como es la Noche de los Libros y no puedo ir al evento que llevaba esperando meses y meses, he decidido escribir algo especial, algo que me haga sentir parte de ese mundo de papel que esta noche sale a la calle. Así que no va a haber menciones al amor ni a tácticas autodestructivas. Sólo Literatura.
Hoy, volviendo en el Metro de una reunión en la que hemos estado hablando sobre libros, me he acordado de uno de los momentos (fueron varios) en que me di cuenta de que quizá yo tenía alguna historia diferente que contar sobre el papel escrito. Hoy, señoras y señores, señoritas y pipiolos, niños y niñas de todas las edades, os contaré un cuento mientras las librerías más remotas de nuestro país mantienen sus puertas abiertas y sus luces encendidas, mientras miles de frases revoltosas revolotan como luciérnagas en el aire de la noche y se les meten a los niños que duermen por las orejas. Hoy es la Noche de los Libros.
Pues, Señor, esto era una vez Pequeña Istra en 5º de EGB (de Primaria, para que nos entendamos).Estábamos leyendo en clase James y el melocotón gigante con la señorita Mónica.
Y cuando lo acabamos, ella nos dio que escribiéramos una historia con los mismos personajes.
A mí el libro no me había gustado mucho, para qué nos vamos a engañar. No sé si es que lo cogí con pocas ganas o es que en aquella época todo lo que no fueran los libros de Enid Blyton me parecían cosa de mentes inferiores. Bueno, salvando los libros del Pequeño Vampiro y de los Tres Investigadores.
El caso es que Pequeña Istra se puso a escribir su cuento sobre James un fin de semana que debía de ser de principios de primavera, porque recuerdo que tenía la ventana de mi cuarto abierta y oía a mi padre trastear por el jardín.
Estuve pensando un buen rato. Y entonces decidí hacer una continuación del libro, al modo de "Lo que nunca te contaron de...".
Creo recordar (porque no he sido capaz de encontrar mi ejemplar del libro entre el maremágnum de cosas que tengo) que al final del libro se decía que el hueso del melocotón se había convertido en una casa y que estaba en Central Park. Y Pequeña Istra inventó una historia en la que iba a Central Park a tomar el té con James y sus amigos dentro del hueso de melocotón. Pero había una particularidad en ese cuento: Pequeña Istra miró la fecha de publicación del libro y decidió que James debería de ser un viejecito. Así que cuando la Pequeña Istra del cuento llegaba al hueso y llamaba a la puerta, quien abría no era un niño con pinta de tener unas tías maltratadoras de huérfanos, sino un viejecito con gafas y largas barbas blancas. Pequeña Istra preguntaba:
- ¿Podría hablar con James, por favor? -toda repipi.
El viejecito sonreía y le contestaba:
- Yo soy James, Pequeña Istra. O lo fui hace mucho tiempo. Pasa.
Aún hoy me siento orgullosa de ese hallazgo. Y hoy, la noche mágica, me he querido acordar de esto porque es una historia digna de ser contada con letras de luciérnagas. Yo tenía nueve años. Quizá diez. Entonces era escritora.
Ahora me encantaría volver a serlo para describir unas calles llenas de luces de colores, gente con libros sentada bajo las farolas, focos especiales por las plazas para que la gente pudiera sentarse a leer, fuentes bañadas por haces de colores, frikis disfrazados de sus personajes favoritos... Un carnaval de papel por una noche, sólo una noche en la que podría pasar de todo.
Quizá esté pasando ahí fuera mientras yo escribo y recuerdo a James, su hueso gigante y su taza de té en Central Park.
Con todas las letras,
Istra
servido por istra
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