Bueno, con ese primer post de la otra noche ya se me ha quitado unpoco el "miedo escénico" y espero poder romper el bloqueo y escribir alguna cosa decente por lo menos de vez en cuando.Me pasaba algo parecido a lo que sentía a principio de curso con la primera hoja del cuaderno: tenía que esmerarme, hacer la letra clara, creía que así tendría suerte la asignatura, y arrancaba hojas y hojas buscando la perfecta. Pero la perfecta, como me ha dicho alguien muy sabio ayer mismo, no suele llegar. Si se la busca, es más, lo que pasa casi siempre es que nunca se escribe. Sí, la tan sobada frase de “lo óptimo es enemigo de lo bueno”. Algún día hablaré de esta frase, que me ha perseguido incansablemente durante toda mi vida.

Soy una más en las hordas de escritores desconocidos que navegan a la deriva por la red. Pero no os hablaré de novela, cuento, poesía, guión ni drama. Por desgracia, mis personajes me han abandonado. Mejor dicho, se me han vuelto dóciles. DÓ-CI-LES, así como suena. Un asco horrible. Si hubiera un tipo de letras que tuvieran efectos de rezumar mierda, las usaría para escribir esa palabra. Sólo hacen lo que yo les digo que hagan, se parecen a esos niños que cuando se enfadan se dejan caer como un peso muerto en tus brazos y dejan que tú les manejes. Como marionetas guiadas por un titiritero sin talento. Antes saltaban, peleaban, lloraban, mataban y morían. Ahora sólo preguntan con voz cansina “Yo, ¿qué hago?”. Así que he decidido no hacerles más caso hasta que alguno tome la iniciativa y decida seducirme y entrar en mi cabeza para machacarme con insistencia exigiendo que escriba su historia.

Creí, de hecho, que había dejado de escribir para siempre y que esa sensación de levitar, de tener ojos de láser que veían el fondo de las personas, de lucidez, de precisión y maravilla no iba a volver nunca más. Era enamorarme cada día, zambullirme desnuda en agua helada, rodar por una cuesta de hierba tierna, sentir corriente eléctrica hasta en la punta de las uñas, rebozarme tanto en oro como en mierda, subir hasta tocar esferas misteriosas, bajar al interior de los volcanes… Algo que no puede explicarse, y es mejor que sea así, porque si hubiera forma de hacer que quienes no lo han probado supieran lo que es, seguramente no soportarían no ser capaces de sentirlo en sus carnes. Bastante sufrimiento es ya para los que sí hemos estado en esa especie de atmósfera invisible ver los intentos de los demás por describirlo y recordar nuestra experiencia desde el barro más infame.

Y en ese barro creí que me tocaría vivir ya para siempre cuando de pronto recibí en sueños una visita inesperada.

Resulta que una noche soñé con Lucanor. Venía a verme a algún lugar donde yo estaba -no reconocí el escenario- y me miraba detenidamente. En el sueño era algo más joven, unos cincuenta años, y tenía la cara preocupada. “Ven”, me dijo. Me dio la mano –yo era yo, pero como si fuera mucho más pequeña- y me llevó a ver a Raz. Hablamos, reímos y volvimos a hablar y reír, y cuando Lucanor volvió a dejarme en mi casa me miró gravemente y cabeceó con suavidad, como diciéndome: “esto es lo que tienes que hacer. Éste es el camino. Hoy te he traído yo; mañana encuéntralo tú sola”.

Y aquí estoy.