“Era el picaporte de la puerta que había estado cerrada durante diez años, y Mary metió la mano en el bolsillo, cogió la llave y la introdujo por aquella cerradura: encajaba perfectamente. Empujó la llave y le dio una vuelta; debió usar las dos manos, pero la llave giró.

(…)

Y la niña cruzó el umbral de la puerta y la atrancó tras de sí, y se quedó allí contemplando a su alrededor, jadeante de emoción, de sorpresa y de regocijo. Y es que se encontraba dentro del jardín secreto”


Me parece raro recordarlo todo ahora, después de haber vuelto a enterrar la llave y no poder soportar la visión de un petirrojo, pero lo cierto es que en mi vida existió un tiempo en que viví dentro del jardín.
Empezaré por el principio, por cuando conocí a Lucila en la Feria del Libro de Madrid, el 14 de junio de 1998 (casi diez años dentro de poco, hay que ver, cuánto tiempo sobreviviendo de recuerdos).
Pues yo tenía quince años, casi dieciséis, y un gran afán de leer libros prohibidos. No es que fueran las obras completas del Marqués de Sade, es que en mi casa la pela la manejaban mis padres y claro, no podías pedir libros que no fueran de Barco de Vapor, lo mismo que no podías ver películas que no fueran de Disney. Qué tiempos aquellos... jejeje (añadidle tinte siniestro y dientes afilados y rezumando sangre de una virgen inocente).
Un día fui a la Feria del Libro y ahí estaba Lucila, la maravillosa, la inefable Lucila, con su larga cabellera de plata y sus ojos brillantes como los de una ardilla. Me pareció, en su caseta, una pitonisa gitana con los dedos llenos de joyas y aros de oro en las orejas, aunque seguramente no llevara ni una cosa ni otra.
Me preguntó mi edad mientras me firmaba los tres libros que había comprado y me dijo "ah, pues a las de quince les hago un dibujo también", y me dibujó una flor boca abajo y una estrella con cinco rayitos.
Volví flotando a mi casa, guardaba sus libros debajo de la almohada para que me trajeran buenos sueños, me miraba en el espejo y me imaginaba siendo escritora como ella, escribía cuentos y poemas sin parar... Incluso empecé mi primera novela.
En aquella época empecé a ponerle nombres en clave. Pasó muchos años llamándose Tusitala, como llamaban a Stevenson en la isla de Samoa (significa "contador de historias"). Bastantes años después, al despertarme de un sueño donde aparecía ella, empecé a llamarla Lucila y escribí... Pero bueno, vayamos por orden.
Así llegó el verano de 1999, sofocante, aburrido y tedioso como todos mis veranos. Pasé quince días en una playa de Galicia muerta de asco, en una habitación de hotel tan pequeña que la cama supletoria no se podía abrir más que tirando abajo un tabique, cosa que no hicimos por no dejarle la reforma hecha a los dueños. Hacía calor, un calor pegajoso y salado, y a mí no me gustaba bajar a la playa (las razones pertenecen a mis traumas personales). Total, que robé de la estantería donde mi madre las había confiscado las novelas de Lucila y decidí leérmelas enteras, de cabo a rabo, una vez más.
Y un buen día, agradecida de la evasión que me proporcionaban (silenciosa y factible, porque si se me hubiera ocurrido saltar por la ventana para salir de fiesta las consecuencias habrían sido inmediatas... pero quizá no peores), escribí a una de las editoriales que publicaban sus libros para decirle todo lo que sus libros estaban significando para mí. Quizá es un comportamiento propio de una quinceañera tonta, no lo sé. A lo mejor os parece patético. Pero también la locura entraña patetismo y a menudo son los locos los que mejor comprenden las cosas, tocados por ese rayo de clarividencia que nadie alcanza a valorar hasta que es tarde.
En fin, escribí a Lucila en el más estricto secreto. Y desde el "Querida..." empecé a abrir la puerta oculta que me llevó al jardín secreto, empecé a huir a pasitos cortos e imperceptibles de la autoridad y las imposiciones de todos aquellos que querían convertirme en lo que soy ahora: una criaturita dócil, pusilánime, asustadiza, políticamente correcta, fondona y... DOMESTICADA (añadid lodo putrefacto a esta palabra, por Dios, que huela mal, que provoque arcadas incontenibles como las que me provoca a mí, que querría vomitar sobre mí misma).
Para la próxima, la consagración de mi buzón como puerta del jardín y entrada al mundo mágico.
De profundis,

Istra