Esta mañana, el aire era tan puro y tan frío y la luz del sol de un dorado tan blanco que el paseo de los plátanos parecía una de esas fotos quemadas por un flash demasiado deslumbrante, y yo sentía por las venas como si el frío estuviera tejiendo diminutos encajes rosados por dentro de mis venas. Los ojos me lloraban de pureza y de hielo, y el pelo se me enredaba y se llenaba de hojitas y semillas como la cabellera de un fauno. Y eso que todavía no ha llegado el invierno.

Sigo siendo capaz de distinguir las diferentes canciones de los árboles en la brisa aunque ya no sepa inventar leyendas con su letra: los pinos como un fragor de olas lejano pero salvaje, los álamos que suenan cono niños aplaudiendo o como un saco interminable de canicas desparramándose en desorden por el suelo, los sauces llorones con su silbido tenue, que parecen gemidos ahogados...

Veo la luz del otoño, la que más me gusta, la más cambiante, la que al principio parece miel para acabar cediendo el paso al invierno cuando ya es más bien como un espolvoreo de harina sobre las cosas, cambiando su fisonomía y preparándolas para la llegada de la escarcha que las vestirá de gala cristalina. Veo los árboles que parecen despedirse hasta la primavera.

Algunas veces me voy a la cama dejando un árbol aún vestido con su ropa amarilla o escarlata y por la mañana descubro que la noche lo ha desnudado y que las hojas están en el suelo, brillantes como un tesoro a los pies de un rey anciano, destacándose y refulgiendo sobre la tierra parda.

Chicos, merece la pena levantarse todos los días, aunque sea para ver cambiar el mundo y sentirse parte de él. Hay días que estoy tan cansada de ser yo que sólo miraría y miraría hasta volverme ciega, me tumbaría en la tierra y esperaría a echar raíces, a ser cubierta con los mantos de las hojas, la escarcha, el polen y las flores, uno tras otro, siempre...