Stockport o cómo viajar al hogar dentro de una taza de té
Son las dos y cuarto de la madrugada y llevo tiempo sin escribir, en parte porque hace poco alguien que me conoce bien me dijo que mi blog era frío, que tenía que escribir con las tripas. En realidad, para eso lo creé, para volver a escucharlas.
No sé si lo que se me ha ocurrido para hoy entrará en lo que se supone que es escribir desde las entrañas. Pero aquí va:
He estado pensando en un lugar desde el que me gustaría escribir, cuál es el lugar más acogedor que he conocido, donde me gustaría estar ahora. Y todos los caminos me llevan a Stockport, en Inglaterra, un pueblecito cercano a Manchester. Estuve el año pasado, más o menos por estas fechas, y creo que no paso nada por alto si digo que ésa fue la última semana realmente acogedora que he tenido.
Fui entre finales de noviembre y principios de diciembre a casa de mi amiga Diana, que se acababa de mudar a un piso que a mí me pareció un palacio: estaba en una antigua casa victoriana, se subía por unas escaleras muy empinadas y enmoquetadas, las ventanas dejaban pasar un poco de frío cuando soplaba el viento, la escarcha dibujaba formas curiosas en el cristal, yo me arrebujaba en mi colcón hinchable en el suelo del salón y me sentía la chica más feliz del universo, como si estuviera viviendo dentro de un cuento. El frío de fuera, mis pies tan calentitos, las ramitas de los árboles arañando el cristal como si quisieran invitarme a salir al jardín de la rotonda a bailar con el frío bajo la escarcha y la luna...
Salía de compras o de paseo, iba a comer con Diana a mediodía unos bocadillos riquísimos en sitios que ella conocía, descubría caminos nuevos para ir a las dos librerías Waterstones que había allí y en las que me perdía porque me dejaban sentarme a leer...
Por la tarde llegaba a casa y estaba Beth, la compañera de piso de Diana, que al verme hacía un alto en el estudio y se tomaba conmigo una taza de té retrepadas en los sillones del salón, que estaban cubiertos con mantas de ganchillo de colores vivos. El vapor del kettle se condensaba en los cristales y hacía que me sintiera aún más tibia, segura y libre.
No es cuestión de contar ahora la vida de Diana. Nos conocimos hace ya diez años y hemos seguido siendo amigas todo este tiempo. Su mudanza a esta casita fue un acontecimiento especial, porque significó para ella recuperar la libertad que le había faltado durante años. Todo un mundo de sabores, texturas, experiencias y matices se abría ante ella como un abanico y yo, pese a ser bastante más joven que ella, la envidiaba por esa visión nueva y sin adulterar del mundo y de la vida. Quería probarlo todo, sentirlo todo, conocerlo todo. Y lo está consiguiendo.
Stockport es para mí un refugio contra el desánimo. Cuando quiero tirar la toalla pienso en Diana y saco fuerzas para seguir adelante. Porque si ella pudo, yo también podré. Y quizá, si soy valiente y lucho con todas mis fuerzas para no dejarme enjaular ni encasillar en nada que no sean mis propias fronteras, haya algún día un Stockport para mí y no me haga falta prepararme taza de té tras taza de té para mirar la condensación en el cristal y recordar el olor y el sabor de la libertad que conquistó Diana.
Desde la distancia, Diana, felicidades por tu nueva libertad. Ojalá la vida te ponga siempre buena cara. Y ojalá yo pueda invitarte a mi Stockport en Madrid algún día. Porque así se llamará mi casa. Stockport.


Álvaro Naira dijo
Mucho sin actualizar... ¿Nos hemos rendido?
Respecto a Stockport, te recomiendo que sigas la patentada y famosísima
Teoría del Jarrón. Éxito garantizado: FUNCIONA. (Cuando leas la Teoría del Jarrón, obvia la prosa rimbombante propia de los dieciocho tacos y quédate con el contenido). Viene a querer decir, en resumen:
Si no tienes algo, escríbetelo.
19 Noviembre 2007 | 07:48 PM