Estoy oyendo el disco que te grabé para sentirme cerca de ti aquel verano que no pude verte. Y es como si me hubiera tragado un manojo de cuchillas. He empezado a temblar y a llorar como siempre, como nunca, como cada vez que recuerdo tus manos sobre mi piel estremecida. Ya no recuerdo nada de lo malo, amor, nada de nada. No queda rastro de los años que pasé como hibernando, todo eso ya pasó, no es ni un recuerdo. Y en cambio me sorprenden cada vez con más violencia los recuerdos de los primeros momentos, los mejores… Ya nunca volverá, jamás… El brillo del mundo, la sangre por mis venas en cascadas, la vida inundando cada poro, la dicha, la terrible, enorme y dolorosa dicha de sentirme viva porque estaba junto a ti, porque eran tus ojos los que me miraban, tu mano la que asía la mía, tus brazos los que me envolvían la cintura, tu letra la que se entrelazaba con la mía en mis apuntes como en una danza mágica… Y las canciones, y las calles, y los helados, y el cine, y las fiestas de los pueblos, y el frío de la sierra, y los calamares fritos, y la sidra fresca, y el río Manzanares, y las aulas… Todo mi mundo roto, nuestro mundo y el futuro, y los planes, y el placer… Te echo de menos desde lo más profundo de mis entrañas y muchos días me pregunto si no sería capaz de bucear entre tus miedos para sacar a tu yo antiguo, el que me enamoró con una fuerza que sigue todavía, el que me haría dejar todo por seguirle, mi amor el verdadero… No era ese tú lleno de miedos y recelos en que te fuiste convirtiendo a medida que pasaba el tiempo y yo me hacía menos tuya. Eras el tú de los veranos, de las declaraciones entre líneas, de las cartas acompañadas por arena de playa, de los poemas y los libros y los paquetes sorpresa, de las llamadas a altas horas de la madrugada en las verbenas para contemplar juntos las estrellas, el olor a vaca y prado de tu pueblo, los paseos al atardecer, sacar a tus perros a la calle, comprar merienda para todos… Ya no recuerdo el tiempo en que las caricias significaban renuncia, sólo recuerdo la avaricia de mi piel por poseerte. La prisa de mis dedos. La fatiga del aire que entraba atropellado en mis pulmones y que nunca era bastante. ¡Ay, Dios, cómo te amaba! ¡Qué planes hice mirando por la ventana esperando a quedarme dormida! Cuántos sueños que pasan pero que nunca pasan. Cuánta fantasía muerta, cuánta agua clara encharcada que no tiene ya hacia dónde fluir… Y mis cuadernos y mi pluma, hasta mi olor te recuerdan y no quieren escribir nombres de otros, se resisten y me acusan con su blanco, “no lo escribas, no era éste”. Tampoco ellos recuerdan lo que pude odiar al otro, al tú que mató al hombre que yo amaba y que intentó acabar conmigo. Sobre mi piel no quedan rastros de esas manos que me hicieron tanto daño, de las cadenas que me puse para no volar tan alto, del miedo de estar para siempre sola…Te hablaba y no me oías, amor, qué soledad… Me sentí como un borracho abandonado en la calle, mirando pasar a la altura de mis ojos los zapatos de la gente a la que nada le importaba… Sola… Desesperadamente sola… Y sin embargo tú estabas conmigo, solo también, tocándome… Cuánto dolor levanta el amor cuando se estanca, cuando se empieza a corromper y huele a muerto. Y qué vivos recordamos a los muertos incluso en el tanatorio con el cadáver delante. Los recordamos corriendo, riendo, jugando, cantando… Nadie parece darse cuenta de que ese trozo de carne que se descompone lentamente es en realidad lo que nos queda del ser que tanto amamos. Y así es mi amor. Te veo y lo veo vivo para siempre, como una leyenda antigua, como una saga épica, como el regalo más grande que nadie me ha hecho. Tú me ayudaste a salir de mi crisálida. Pusiste viento en mis alas para que aprendiera a usarlas. Qué importa que después de ser el sol fueras la vela que quemó mis pobres alas, si a fin de cuentas eran tuyas para que las rompieses si querías. Habría destrozado a dentelladas al hombre que acabó con lo que eras, pero dentro estabas tú agazapado. Él era presa tuya. Le matarás cuando sea tiempo y resurgirás como antaño, amable, vitalista, fuerte, poderoso… Tus manos volverán a acariciar con parsimonia, susurrarás de nuevo cosas dulces… Y yo lo miraré desde la sombra, yo que siempre fui Ariadna, que fui tu puente para volver a casa… Te diré adiós desde las costas del olvido, y quizá llegue el día en que desee haber permanecido junto a ti… Pero es inútil. Yo era la sombra que te impedía ver el sol. Yo era tu nube. Mi sitio es a este lado del océano. Tu barco ha de partir. Yo busco el mío. Te escribiré, me escribirás, se llenarán los cielos de palomas mensajeras que buscarán la estela de las naves que se van por esos mares separándose… El lazo con que até mi corazón al tuyo seguirá anudado ahí, en donde siempre, y quizá a veces tire y se retuerza y me haga agonizar de amor por ti. Será quizá el castigo por hacer que te marcharas, por dejar que te perdieras en la sombra, por no haberte recogido cada vez que te caíste, por haberme permitido flaquear, por no buscarte cuando aún podía encontrarte… y por dejarte solo. Perdóname la soledad, mi amor. La soledad es rabia y vómito que lacera las entrañas. Tú no la merecías. Perdóname, mi amor, perdona… Toda una noche de llorar y no he empezado aún a confesar cuánto lo siento…
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2 comentarios
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¿Por qué será que el alma olvida el dolor y sólo recuerda la ternura, la pasión, la magia, el laberinto de sensaciones? Istra, te leo lentamente y me gusta lo que escribes y siento el dolor de tus palabras y la rabia y esa sensación de vacío y de nada y por encima de todo querer pedir perdón a gritos y no saber cómo hacerlo (yo no supe cómo). 1besiño
Bueno, supongo que todo es cuestión de paciencia y de no seguir arrancándonos las costras por puro sentimiento de culpa. Yo aún lo hago, cada vez que veo que algo va a cicatrizar lo veo como una traición y me obligo a sangrar...
Pero hay que seguir y la intemperie cura. Más tarde o más temprano, pero siempre cura.