Hoy, como es la Noche de los Libros y no puedo ir al evento que llevaba esperando meses y meses, he decidido escribir algo especial, algo que me haga sentir parte de ese mundo de papel que esta noche sale a la calle. Así que no va a haber menciones al amor ni a tácticas autodestructivas. Sólo Literatura.

Hoy, volviendo en el Metro de una reunión en la que hemos estado hablando sobre libros, me he acordado de uno de los momentos (fueron varios) en que me di cuenta de que quizá yo tenía alguna historia diferente que contar sobre el papel escrito. Hoy, señoras y señores, señoritas y pipiolos, niños y niñas de todas las edades, os contaré un cuento mientras las librerías más remotas de nuestro país mantienen sus puertas abiertas y sus luces encendidas, mientras miles de frases revoltosas revolotan como luciérnagas en el aire de la noche y se les meten a los niños que duermen por las orejas. Hoy es la Noche de los Libros.

Pues, Señor, esto era una vez Pequeña Istra en 5º de EGB (de Primaria, para que nos entendamos).Estábamos leyendo en clase James y el melocotón gigante con la señorita Mónica.

Y cuando lo acabamos, ella nos dio que escribiéramos una historia con los mismos personajes.

A mí el libro no me había gustado mucho, para qué nos vamos a engañar. No sé si es que lo cogí con pocas ganas o es que en aquella época todo lo que no fueran los libros de Enid Blyton me parecían cosa de mentes inferiores. Bueno, salvando los libros del Pequeño Vampiro y de los Tres Investigadores.

El caso es que Pequeña Istra se puso a escribir su cuento sobre James un fin de semana que debía de ser de principios de primavera, porque recuerdo que tenía la ventana de mi cuarto abierta y oía a mi padre trastear por el jardín.

Estuve pensando un buen rato. Y entonces decidí hacer una continuación del libro, al modo de "Lo que nunca te contaron de...".

Creo recordar (porque no he sido capaz de encontrar mi ejemplar del libro entre el maremágnum de cosas que tengo) que al final del libro se decía que el hueso del melocotón se había convertido en una casa y que estaba en Central Park. Y Pequeña Istra inventó una historia en la que iba a Central Park a tomar el té con James y sus amigos dentro del hueso de melocotón. Pero había una particularidad en ese cuento: Pequeña Istra miró la fecha de publicación del libro y decidió que James debería de ser un viejecito. Así que cuando la Pequeña Istra del cuento llegaba al hueso y llamaba a la puerta, quien abría no era un niño con pinta de tener unas tías maltratadoras de huérfanos, sino un viejecito con gafas y largas barbas blancas. Pequeña Istra preguntaba:

- ¿Podría hablar con James, por favor? -toda repipi.

El viejecito sonreía y le contestaba:

- Yo soy James, Pequeña Istra. O lo fui hace mucho tiempo. Pasa.

Aún hoy me siento orgullosa de ese hallazgo. Y hoy, la noche mágica, me he querido acordar de esto porque es una historia digna de ser contada con letras de luciérnagas. Yo tenía nueve años. Quizá diez. Entonces era escritora.

Ahora me encantaría volver a serlo para describir unas calles llenas de luces de colores, gente con libros sentada bajo las farolas, focos especiales por las plazas para que la gente pudiera sentarse a leer, fuentes bañadas por haces de colores, frikis disfrazados de sus personajes favoritos... Un carnaval de papel por una noche, sólo una noche en la que podría pasar de todo.

Quizá esté pasando ahí fuera mientras yo escribo y recuerdo a James, su hueso gigante y su taza de té en Central Park.

Con todas las letras,

Istra