Bueno, pasada la crisis del orden de habitación (bueno, aún quedan los restos del naufragio, pero eso son males menores que se pueden meter de un puntapié debajo de la cama, que no hay por qué ponerse tan exquisito), pasamos a la segunda fase del plan: preparar el advenimiento de Depita a ´mi parte del mundo.

Vale, España no es un lugar donde proliferen los elefantes pintados de colorines y nuestras chicas no se suelen hacer dibujos de henna en las manos, pero la verdad es que tenemos cosas muy buenas.

Una de las debilidades de Depita es la comida. Aún no sé de dónde le viene esa vena, pero es innegable que ahí está. De hecho, hubo una temporada que todos sus mensajes empezaban con un recuento detallado de lo que había comido/ cenado/ desayunado. Eso a veces era malo porque sus horas y las mías no coinciden mucho, así que cuando él se acababa de zampar una suculenta cena a mí me estaban sonando aún las tripas en clase. Hombre sin corazón.

Bueno, pues el caso es que llega el viernes (ay, Dios, estamos a martes) y como es su cumpleaños quería llevarle a un sitio especial. Total, que busqué en Internet el teléfono de un sitio precioso que conozco, en donde puedes sentarte en una silla con patas de tortuga como si fuera la Vetusta Morla.

Estoy muy orgullosa. Es la primera vez que reservo sitio en un restaurante.

YA SOY MAYOR