Desde que soy consciente de que no te tengo junto a mí,

mis días tienen un color un poco más azul

y la caricia del aire me hace estremecerme.

Desde que no te tengo junto a mí

mi ciudad se ha llenado de recuerdos pequeños

que me hacen guiños desde los escaparates.

Está el paso de cebra que crucé corriendo

porque no podía esperar a que estuviera en verde para llegar a tu lado.

Están las calles donde paseamos,

la puerta de tu hotel,

las baldosas que hicieron tropezar a mis tacones,

el nombre de los sitios que planeamos visitar,

el triple diecinueve de la ruleta de dardos.

Algunas noches la almohada no parece suficiente compañía

y lo que llevo puesto me parece artificial.

¡Es tan absurdo que haya calles en la noche,

y farolas y fuentes,

si no puedo mostrártelos paseando de la mano!

Desde que no te tengo

me siento muy afortunada

porque sé que te he tenido.

Y aunque te echo de menos

es una mezcla de agrio y dulce

que no recuerda en nada a los sabores de hospital

asépticos, seguros, rutinarios

que llenaban mi vida hasta que llegaste tú.