Para mi mejor amigo
Quizá porque siempre te he tenido ahí, desde que éramos pequeños, nunca he sentido la necesidad de decirte grandes cosas. Vivimos en la misma calle, compramos en los mismos sitios y comemos juntos el roscón de Reyes. Eres como mi hermano pero nunca has sido mi hermano. Y ahora te vas y no sé si tengo siquiera el derecho de llamarte amigo.
Así que escojo a Istra, ya que yo no he podido decirte hoy las cosas que tenía en la punta de la lengua por miedo a romper a llorar, para contarte lo que nunca te cuento. Por lo menos una vez y aunque quizá no lo leas nunca, quiero que quede en algún sitio constancia de lo afortunada que me siento por tenerte.
Quizá me lo esté tomando todo de manera dramática. Tres meses no son mucho tiempo. Irlanda, sobre todo para alguien como yo, está a la vuelta de la esquina. Pero tú no. Si la amistad fuera un edificio, yo a ti te habría colocado en los cimientos, en esa parte enterrada, silenciosa y profunda que lo sostiene todo. Y yo... Yo quizá fuera la aguja de la veleta o el balancín del porche. Algo que se mueve, que no tiene consistencia, que adorna o que entretiene, algo sin rumbo.
Cuando más perdida estaba tú fuiste sin saberlo el punto de luz en el horizonte que me decía que el sol volvería a salir, que habría un mañana si me decidía a abrir los ojos a la noche y descubrir que estaba a oscuras. Sin hacer nada, sin haberme dicho nada, sin vernos, yo sabía que tú estabas ahí al final de todo.
Tú... Los cafés y los helados que se convierten en horas y horas de conversación, la presencia quieta, observadora y paciente que espera al momento justo para decir la frase perfecta. El enamorado de los campos y el explorador infatigable de senderos. El que lo entiende todo. El que lo arregla todo. El que siempre está.
Y ahora te vas. Cuando me lo dijeron no podía creer que no me lo hubieras contado tú. Te marchabas en tres días. Y yo no sabía nada. En ese momento me di cuenta de dos cosas: de lo importante que eres para mí y de que probablemente yo no sea lo mismo para ti. Y me di cuenta además de muchas otras cosas. Como que nunca te había dicho lo mucho que te quiero y lo mucho que me importas. Como que nunca nos decimos esas cosas.
Como que, como nunca me has dejado, nunca te había abrazado antes de hoy.


curarme-de-ti dijo
Creemos que hay frases que no es necesario decirlas y menos si es un amigo de siempre, y menos si nos entiende sin mirarnos y siempre está ahí para salvar la lluvia en el alma, para abrazarnos frente a una taza de chocolate. Y sólo nos damos cuenta de esa necesidad cuando el que siempre está deja de estar tan cerca. Tal vez sea importante decirlo aunque sea una vez y aunque seguramente aunque ya lo sepa. 1 Besiño
17 Septiembre 2008 | 04:43 PM